Bitácora de los socialistas de distrito Centro


DESAFECCIÓN POLÍTICA EN ESPAÑA
27 diciembre 2012, 12:55 pm
Filed under: Opinión

Puerta del SolPor Agustín Baeza Díaz-Moreno. Desafección hacia la política, hacia las instituciones, hacia la clase política, hacia los políticos. Son expresiones que forman parte del paisaje cotidiano en nuestro país y que pueden escucharse a todas horas en la calle, en los centros de trabajo, en las reuniones, y en los debates en los medios de comunicación. Existen innumerables estudios, sondeos de opinión y percepciones sociales que muestran dicha desafección. Es un hecho real con el que vamos a convivir durante bastante tiempo, pero al mismo tiempo es urgente preguntarnos el porqué, y también qué y quiénes son los sujetos de dicha desafección.

La desafección es injusta para algunos, comprensiva para la mayoría y decepcionante para los que pensamos que la política es la única solución a los conflictos, a la gestión adecuada de los asuntos comunes y al progreso transformador y democrático. Sin política, el mundo seguiría funcionando, sí, pero también sería un mundo más agresivo, injusto, incivilizado y cruel. En cualquier caso siempre existirá la política, aunque ni siquiera se invoque su nombre, cosa bien distinta es si el modelo político es democrático, involucionista o autoritario. La política democrática es la solución para la convivencia en sociedad y por tanto, la conclusión debe ser que la desafección ciudadana no es hacia la política (soy de los que piensan que los ciudadanos se apasionan por la política hoy más que nunca) sino hacia la forma tradicional de hacer política y al modelo institucional en el que se lleva a cabo.

¿Qué ha pasado para que España se haya deslizado por este tobogán tan peligroso? ¿Cómo una sociedad ha podido transitar desde la emoción y el júbilo hacia la recién recuperada democracia hace sólo 30 años, a la decepción más absoluta y la crítica feroz al sistema? ¿Qué soluciones existen a este creciente y preocupante fenómeno?

Muchas preguntas complejas y respuestas nada sencillas, pero que hay que poner encima de la mesa si no queremos que este vendaval se lleve por delante la democracia. La izquierda política y social debe ser consciente del momento histórico que atravesamos y articular una solución cabal y democrática, desde la pluralidad, alejada de soluciones partidistas, pues no está en juego el próximo gobierno o los próximos resultados electorales, sino que hay un riesgo real de que esta desafección sea resuelta por vías autoritarias. No debemos olvidar que en la sociedad española anidan todavía sentimientos y posiciones cuya desafección no es a la política, que en el fondo desprecian, sino que utilizan la crítica exacerbada a aquella para ir a a la caza del trofeo que más ansían: la caída de la democracia.

La izquierda política y social tiene la responsabilidad de afrontar esta desafección, pero debe hacerlo de manera radicalmente opuesta a lo que hemos aprendido durante varias décadas. No lo conseguirá ya apelando a la superioridad moral de sus valores, al miedo a la derecha y a la adhesión inquebrantable a las vetustas marcas partidistas como proveedoras de nuevos manás electorales. Sólo será capaz de hacerlo si entiende que el modelo institucional de los últimos 30 años está caduco, si se muestra audaz y transforma sus métodos y herramientas adecuándolos a la nueva sociedad, y si tiene coraje para abandonar muchos clichés y malas compañías que lastran cualquier esperanza para el futuro.

Para abordar este colosal desafío hay que entender primero las causas de la desafección política en la sociedad española que a mi juicio son básicamente tres: El modelo institucional que surge de la Constitución de 1978, las nuevas realidades económicas y sociales y la crisis de la democracia representativa.

1. Crisis del modelo institucional

El modelo institucional que surge con la Constitución de 1978 ha dado a España la mejor etapa de desarrollo económico y social de toda su Historia, pero esconde en su génesis y posterior desarrollo algunas claves que explican la actual crisis de gobernanza. Un modelo que está agotado y que exige una refundación del marco institucional para afrontar la dura realidad actual.

No podemos caer en la ingenuidad o maldad (dependiendo de quien la exprese) de pensar que la vuelta a los consensos de la Transición y a las esencias de nuestro mito fundacional van a poder reconducir esta terrible desafección política, sin modificar de raíz el sistema.

El gran Pacto que surge en la Transición y que desemboca en la redacción y aprobación de la Constitución Española de 1978 fue muy desequilibrado. Por una parte, los defensores del régimen que ocupaban todas las esferas del poder desde el político y mediático, hasta el militar, judicial y económico, trataron de impedir que el proceso democrático no pasara de meros ajustes cosméticos respecto al régimen dictatorial. Por otra, los partidos clandestinos y fuerzas sociales que se manifestaban en favor de la recuperación de las libertades políticas y sociales, y la construcción de un nuevo Estado político, democrático y de derecho.

Este modelo ha permitido la mejora de la vida de los españoles, sí, pero también el desarrollo de una democracia de baja calidad que ahora los ciudadanos cuestionan. El mayor poder de negociación de las fuerzas conservadoras del antiguo régimen les permitió dejar intacto su poder económico, mediático y social, conservándolo en muchos casos hasta nuestros días. Cuando hoy se escuchan las críticas a los bancos, a la Justicia, a los grandes grupos empresariales y a los políticos no se puede olvidar que buena parte de sus protagonistas (o sus herederos) permanecen al frente del poder político, económico e institucional desde hace décadas. ¿Van a ser ellos los que alumbren un modelo de democracia de mayor calidad? Sería ingenuo pensarlo.

A pesar de que tras dos breves gobiernos de la extinta UCD fuera el PSOE quien gobernara durante casi 14 años, siendo el impulsor de grandes avances como la incorporación a Europa, la construcción del Estado de Bienestar y la modernización de infraestructuras y servicios públicos, lo cierto es que durante los años 80 se terminaron de consolidar los poderes fácticos que habían conseguido mantener su estatus en los primeros momentos de la democracia.

En medio de una gran campaña mediática que glosaba las bondades de nuestra recién adquirida democracia y una ciudadanía ilusionada con esta nueva etapa, se fue estableciendo un nuevo establishment en todas las esferas. Un establishment conformado en parte por las viejas élites franquistas, travestidas de demócratas, pero también por las nuevos representantes de Partidos y organizaciones que se incorporaron procedentes de los nuevos espacios democráticos.

Es un lugar común pensar que la desafección política es un fenómeno reciente, de los últimos tres o cuatro años. Nada más lejos de la realidad. Esa desafección comenzó a producirse ya en los años 80 con los duros ajustes y la reconversión industrial y alcanzó picos tan altos a los que conocemos ahora durante los últimos gobiernos de Felipe González y los de Aznar. La novedad reside en que la sociedad ahora es más madura, está mejor formada, y, sobre todo, tiene al alcance nuevas herramientas tecnológicas que han permitido la formación de una mayor conciencia cívica y una capacidad de comunicación, debate, conversación y activismo en tiempo real que ha desbordado al viejo establishment.

La sensación generalizada de que directivos de bancos y grandes empresas, propietarios de grandes grupos de comunicación y el resto de actores que conforman estos poderes fácticos, no sólo condicionan, sino que directamente exigen y consiguen del poder político medidas favorables a sus intereses al margen del contrato que los dirigentes políticos contrajeron con los ciudadanos en las urnas, ha terminado por quebrar la confianza ciudadana en el actual sistema político.

Los partidos políticos se configuraron en la Transición como los actores claves de la democracia y desde sus orígenes se auto-concedieron un estatus que les ha permitido monopolizar la representación de la población no sólo en el Poder Ejecutivo, el Poder Legislativo y el Poder Judicial, sino en buena parte de los órganos constitucionales e instituciones económicas (Tribunal de Cuentas, Medios de Comunicación Públicos, Cajas de Ahorro, Organismos Reguladores). Los dos grandes partidos de nuestro país, PSOE y PP, que han mantenido con sus pactos bilaterales este modelo son vistos hoy por buena parte de la ciudadanía como aparatos cuyo único objetivo es el poder, pues sus dirigentes son vistos como parte indisoluble de ese establishment.

La Jefatura del Estado, que tradicionalmente ha sido la institución más valorada por los ciudadanos, entre otras cosas porque los distintos poderes establecieron un cortafuegos a nivel informativo a su alrededor, está en tela de juicio por distintos escándalos. El Sistema Judicial se encuentra inmerso en una grave crisis de gobernabilidad y con una bajísima valoración ciudadana, lo que socava los principios claves del funcionamiento del sistema. Y los grandes medios de comunicación con fuertes vínculos con los partidos hegemónicos y condicionados económicamente por los poderes financieros que los sostienen, se han convertido en la mayoría de los casos en meros defensores de la ortodoxia de los grandes partidos, silenciando o amplificando noticias en función de los intereses de cada uno.

2. El Establishment y las nuevas realidades económicas y sociales

La gran desafección ciudadana hacia la forma de hacer política ha explotado en medio de la más grave crisis económica de nuestra Historia reciente. Crisis que coincide al mismo tiempo con la explosión de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) que algunos expertos ya consideran la tercera revolución industrial. Emerge una nueva economía y una nueva sociedad que crecen exponencialmente y al mismo tiempo sigue existiendo una vieja economía y una vieja política que no terminan de morir, sustentada y defendida por el establishment.

Lo grave es que en la vieja economía están atrapados millones de ciudadanos, condenados al desempleo o empleos precarios, producto de un modelo económico neoliberal que se ha basado en la especulación y en el enriquecimiento rápido, que ha impedido invertir los recursos de la sociedad en educación, en investigación, en nuevas tecnologías y en abrazar el nuevo modelo económico y social propiciado por las TIC.

Es cierto que ha habido una crisis financiera internacional que ha arrastrado a nuestra economía, pero ¿por qué ha castigado con tanta dureza a nuestro país en comparación con otros países europeos? La respuesta es simple: las élites españolas impusieron durante estas tres últimas décadas un modelo económico neoliberal que ha dado como resultado una estructura económica débil, un oligopolio de los poderes financieros y empresariales, una desigualdad social creciente y una economía de cartón piedra representada por la burbuja inmobiliaria.

En España la socialdemocracia impulsó en sus gobiernos una Economía Social de Mercado y un incipiente Estado del Bienestar que ahora se desmoronan, entre otras cosas por la debilidad de sus cimientos, por la escasa ambición que hubo en materias como vivienda social o el mercado laboral, y por qué no decirlo, porque buena parte de sus líderes cabalgaba a lomos de las nuevas élites sociales y económicas que estaban empeñadas en otro modelo, en otra estructura económica. Una estructura económica que es la causa última que explica que ahora no sepamos cómo abordar la salida de la crisis.

A esa debilidad se ha unido la globalización financiera y el mayor poder de los mercados sobre los gobiernos que hacen inútiles los esfuerzos de estos últimos. Mientras los mercados son globales, las instituciones políticas españolas siguen ancladas al territorio del Estado-Nación. Eso unido, a la creciente cesión de soberanía, primero monetaria, y ahora también fiscal, bancaria y financiera a la UE hacen inoperante cualquier respuesta tradicional por parte del gobierno de turno.

Todo ello constituye otra causa de la desafección política: la sensación de que el ideario tradicional y los programas de los partidos, sobre todo los de izquierdas, ya no sirven. El Pacto que permitió encontrar un equilibrio entre la obtención de beneficios por parte de grandes grupos empresariales y el desarrollo de un modelo de bienestar, se ha roto definitivamente con el triunfo aparente del Mercado sobre el Estado. Hace ya mucho tiempo que los mercados dejaron de temer que la sociedad se deslizara hacia propuestas igualitaristas cercanas a los llamados Estados Comunistas, razón que explicaba la aceptación por parte del Mercado, de las élites y del establishment de ese mal menor que para ellos era el Estado de Bienestar.

El PSOE debe reconocer que si ha gobernado 22 de los 34 años de nuestra democracia su responsabilidad es máxima en esta materia y debe llevar a cabo una profunda revisión de las bases de su ideario en materia de política económica. En España el Estado de Bienestar que existía era relativamente pequeño e incipiente comparado con los países del Norte de Europa. Pero los recortes que está sufriendo y el escenario futuro de restricciones presupuestarias severas, sumados a las crecientes cesiones de soberanía fiscal a través del Pacto Fiscal y de Estabilidad que en España se incorporó a la Constitución en el último gobierno socialista, van a hacer imposible su reconstrucción en un futuro próximo si no se transforma radicalmente el modelo institucional, económico, fiscal y productivo del país.

3. Crisis de la democracia representantiva

Lo comentado hasta ahora explica buena parte de la desafección política e institucional. En este esquema los partidos políticos en su actual concepción son vistos como un problema y no como la solución. La transformación radical en sus estructuras, formas de funcionamiento e ideario resultan imprescindibles. Si no lo hacen serán otros modelos de partidos, movimientos y organizaciones quienes acabarán llevando a cabo las transformaciones que la sociedad reclama.

Hay una nueva sociedad que los viejos modelos organizativos de la izquierda no acaban de entender. Creen que la expansión de las TIC, internet y las redes sociales es sólo tecnología. Se equivocan, estamos ante una nueva cultura, una nueva sociedad, una nueva economía, un nuevo espacio de ciudadanía, una nueva forma de interactuar y relacionarnos. Es un nuevo ecosistema sobreimpresionado sobre la sociedad que la ha transformado radicalmente.

Acontecimientos y actores sociales como el movimiento del 15-M, los indignados, y los diferentes colectivos que vienen manifestando en las calles y en las redes sociales su desapego al sistema político han sido posible gracias a las TIC, pero se han constituido en una nueva forma de acción y activismo político. Si la gente puede por su cuenta auto-convocarse, debatir, discutir, proponer, acordar, etc, entonces los actores políticos tradicionales, como partidos y sindicatos, pasan a ser cada vez más irrelevantes para ellos.

La izquierda política, sobre todo el PSOE que ha sido partido de gobierno, está ante una disyuntiva clara: O se transforma radicalmente o acabará siendo irrelevante. Esta vez no se trata de elegir un líder, renovar el programa o mejorar su funcionamiento. Esta vez la cuestión es que hay que hacer todo eso a la vez y de forma radicalmente distinta, pues si no la desafección ciudadana sólo irá en aumento.

La desafección hacia la política es sobre todo una crisis de la socialdemocracia. La acción política no puede consistir meramente en alcanzar el poder diciendo a la gente que una vez allí se transformará la realidad, pues lo que percibe la gente es que el establishment ya se encargará de transformar a los que lleguen al poder. Ese viejo esquema explica en parte que en el interior de las organizaciones se hable más de control orgánico, de jerarquías, de listas, y de debates personales sobre militantes y dirigentes, que de proyectos transformadoras, de nuevas ideas elaboradas en diálogo abierto con la ciudadanía y de un nuevo horizonte político socialmente democrático.

Los partidos de izquierda con su estructura vertical actual son incapaces de entender una sociedad en red como la que la nueva cultura digital está construyendo. La gente no quiere votar representantes cada cuatro años, quiere conversar, participar, preguntar, ser respondido, ser consultado de manera permanente y continua. La nueva sociedad en red demanda una democracia más directa, una democracia de mayor calidad.

Los partidos de izquierda si quieren formar parte de la solución a la desafección ciudadana (no hablo de liderar) tendrán que ser más democráticos. Tendrán que elegir a sus dirigentes por primarias abiertas a toda la ciudadanía. Tendrán que consultar permanentemente a sus afiliados, simpatizantes y conciudadanos. Tendrán que ser capaces de articular redes ciudadanas de conocimiento, de ideas y de proyectos. Tendrán que tejer más redes y tener menos sedes. Tendrán que ser capaces de abandonar su partidismo actual y abrazar grandes alianzas de progreso para desde el activismo político generar apoyo en la base social.

Y también tendrán que ser capaces de reformar el sistema electoral para que existan listas abiertas, nuevas formas de democracia directa, mecanismos de des-elección (Recall), obligatoriedad de debates y consultas a la ciudadanía ante algunas decisiones., e impulsar una legislación sobre el funcionamiento de todos los partidos que regule su forma de funcionamiento, fiscalización y auditoría externa de su financiación.

Y sobre todo tendrán que ser capaces de librarse del peso del establishment que se cobija entre sus filas. Sólo rompiendo con los responsables de la situación política y económica del país podrán volver a tener la confianza de la mayoría social. Sólo así podrán cambiar su visión del ejercicio del gobierno, para que cuando vuelvan al poder lo transformen y no lo reproduzcan como se ha hecho hasta ahora. Transformación que debe pasar por una amplia reforma de la Constitución Española y las Leyes Orgánicas que rigen el sistema institucional, el Parlamento, el Sistema Judicial, el Estado Autonómico, el Sistema Fiscal y el Estado de Bienestar.

En definitiva, deben impulsar una Segunda Transición desde parámetros muy distintos a los utilizados en 1978, para pasar de una democracia de bajo nivel a un verdadero sistema democrático que transforme la desafección ciudadana actual en apoyo leal, responsable y compartido a un nuevo modelo.

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